El alcohol cambia de manos en MotoGP

MotoGP es ahora mismo una casa en la que vive un adolescente cuyos padres se han ido de vacaciones. Hay fiesta, la música está a todo volumen y los gaznates bien hidratados. En el pasado era un club selecto de caballeros al que solo se accedía con invitación, pero este año parece que cualquiera es bienvenido. No importa si vienes de un equipo oficial o de un equipo satélite, si tu marca es la más laureada de la historia o apenas ha conseguido su primera victoria. La puerta está abierta para todos y solo hay que empujarla para entrar.

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En ausencia de los padres que pongan normas tampoco piden el carné a la entrada, así que da lo mismo si eres un veterano de la categoría o simplemente un recién llegado. Aquí hay un trago de Prosecco para cualquiera que tenga sed, solo hay que ser de los tres más rápidos cruzando la meta para beberlo. Los más jóvenes, embriagados por la ausencia de supervisión parental, han tomado la botella por derecho propio, mientras que los mayores intentan abrirse camino a codazos hasta la improvisada barra de bar.

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Cuando los padres se marchan, la fiesta se desmadra en MotoGP

Un señor vestido de rojo consiguió imponer los galones de la veteranía en uno de sus circuitos talismán, pero al intentarlo a la semana siguiente, descubrió que los jóvenes ya se habían aprendido la canción y la bailaban con mejor ritmo que él. De cinco carreras, cuatro las han ganado pilotos que se han estrenado este año. En la casa de MotoGP nadie controla el volumen de la música y los veteranos miran impotentes desde el salón como los recién llegados asaltan la habitación de matrimonio.

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Entre risas, gritos y bailes de pubertos liberados nadie hace la colada y se acumula la ropa sucia. Solo ha transcurrido una tercera parte de la fiesta y los diapasones se quedan sin calzoncillos limpios que ponerse. De momento le dan la vuelta a los menos sucios con la esperanza de que aguanten hasta la última canción. Al fondo, en el rincón más oscuro del garaje, un sudafricano y un portugués se besan con sus novias austriacas. A nadie escapa que un catalán les mira celoso de reojo.

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De repente suena el teléfono y apagan la música para atender la llamada. Son los padres que ponían orden en la casa y han llamado para decir que no volverán en dos o tres meses. 2020 va camino de convertirse en una rave en MotoGP. Al oírlo, el doctor que hay en la sala niega con la cabeza en un gesto de impotencia. Arranca de nuevo la música y desesperado intenta seguir el ritmo, pero sus caderas no igualan a la de los adolescentes y decide amarrar su catavinos andaluz. Tiene decenas que acumulan polvo, pero a este le queda un culín de espumoso. Resignado recuerda las orgías que gozó en esta casa. Con unos años menos, este año se bañaría en un spa de Prosecco.

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El drama como en todas las fiestas se esconde tras la puerta del cuarto de baño. Allí, entre lloros y vómitos yace un ala dorada abrazada al inodoro. Desesperada por una copa bebió un brebaje caducado. Un excedente del año pasado donde acumuló tanto que todavía le quedan botellas, pero tan pasadas de fecha de caducidad que le han producido una gastroenteritis aguda. En los últimos 38 años nunca se había quedado sin un trago a estas alturas y la desesperación y la sed la llevaron a vomitar al excusado. Y a llorar entre arcada y arcada. Nunca el ala fue tan poco dorada.

Pero la fiesta es la fiesta y la atención se centra en la pista de baile. Nadie recuerda la última vez que allí se habló francés y ahora es el idioma predominante. Los papeles han cambiado es la casa de la fiesta de MotoGP. Cuando los padres vuelvan de vacaciones intentarán volver a poner orden y seguramente lo consigan, pero para entonces los jóvenes ya no serán inexpertos y se habrán aficionado al Prosecco. Bendito descontrol.

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