El fin de la maldición de Ducati

Michelin

Si hay dos cosas en las que había consenso tras caer la bandera de cuadros en Valencia son que Valentino Rossi ha sido una figura especial del motociclismo y que Ducati ha conseguido la mejor moto de la parrilla. Lo del 46 se ha tratado ya desde todos los ángulos posibles y solo puedo suscribirlo, pero lo de las motos rojas puede marcar una nueva era en MotoGP que deberíamos mirar muy de cerca.

La superioridad de las motos de Borgo Panigale es aplastante. Aquel misil rojo que en el pasado asustaba en las rectas, resulta que tiene una frenada más estable que un portaviones y gira mejor que gato huyendo de un perro con hambre. Todo ello sin perder la superioridad que ya tenía en las rectas, contradiciendo aquello de que la moto es un conjunto y para ganar de una cosa hay que perder de otra.

La punta del iceberg de tan asombroso milagro técnico no es otra que Luigi Dall’Igna. Un técnico cuya única ambición es hacer una moto superior para ganar y que se ha demostrado el mejor entre sus iguales derrochando talento y perseverancia. Gigi solo diseña la Ducati, pero los alerones, la cuchara de la rueda trasera o los dispositivos de variación de altura de sus rivales están ahí también gracias a él. Hace años que Dall’Igna inventa y sus rivales tan solo pueden copiarle para no perder el tren.

Pero el técnico italiano no es más que la parte visible de ese gran bloque de hielo que flota en el mar y cuya mayor parte se encuentra sumergido. Bajo el agua hay un presupuesto muy generoso, unos accionistas muy consecuentes con los objetivos, un plan de trabajo perfectamente enfocado a la victoria, mucha excelencia tecnológica y un equipo humano que nunca desfallece en busca del tan ansiado Mundial de Pilotos.

Sin embargo parece que a Ducati le haya perseguido una maldición que le ha impedido, por un motivo u otro, sumar una nueva corona –insisto, de pilotos- desde que Casey Stoner decidiera echar a volar con alas de oro. Lo han intentado por activa y por pasiva, pero no lo han logrado a pesar de tener una moto que desde hace años podría haberlo conseguido.

Su talón de Aquiles desde que el australiano se marchó han sido las circunstancias y los pilotos que han cabalgado sus motos. Contra las circunstancias poco se puede hacer, pero en cuanto a los pilotos lo han intentado todo sin éxito y muchas veces sin acierto. Pero nadie les puede acusar de no echarle ganas. Ficharon lo que pudieron, aunque en general se dejaron ganar la partida del mercado de pilotos. Cuando fueron a por fueras de serie o les salieron rana como Rossi o no supieron tener paciencia como con Lorenzo. La maldición de Ducati lleva tantos años presente que parece una constante.

Pero esto ha cambiado radicalmente en 2021. Miller y Zarco continúan la tradición de la casa pero, en Borgo Panigale, han tropezado con dos diamantes que llevaban más de una década buscando. Francesco Bagnaia ha necesitado ganar su primera carrera para creérselo y bordar la segunda mitad de la temporada. Jorge Martín ha brillado nada más debutar sorprendiendo a propios y extraños.

En el pasado Ducati también ganaba carreras, pero no asustaba como lo ha hecho en esta parte final de la temporada. Las cuatro victorias de Francesco Bagnaia han tenido más solidez que todos los subcampeonatos de Andrea Dovizioso. En seis carreras se ha estrenado en lo más alto del podio y lo ha visitado cuatro veces, que podrían haber sido cinco de no haberse caído en la segunda visita a Misano, según Rossi por equivocarse al elegir el neumático delantero duro. Tan solo la mejor versión de Marc Márquez pudo frenarle en Austin, circuito talismán para el de Cervera, que sin embargo chocó contra el muro Bagnaia repetidamente en Aragón.

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¿Y qué decir de Jorge Martín? La moto fácil para debutar era tradicionalmente la Yamaha pero el de San Sebastián de los Reyes lo ha bordado con los colores del Pramac. Cuatro ‘poles’, cuatro podios y una victoria en su primera temporada ya es un resultado brillante. Pero si tenemos en cuenta el gravísimo accidente que tuvo en la primera visita a Portimao y que le obligó a perderse cuatro carreras y estar tocado otras tantas, podemos decir que es un resultado excepcional. Para ponerlo en contexto el 89 se enfrentará el año que viene a un Quartararo y un Bagnaia que no ganaron en su primer año o a un Joan Mir al que empata en número de victorias.

FAlePhoto (Pramac Racing)

La maldición que ha sufrido Ducati con sus pilotos desde que Casey Stoner abandonó la marca ha llegado a su fin. En 2022 dispondrá, finalmente, de dos pilotos con todo lo necesario para proclamarse Campeones del Mundo de MotoGP. Queda por ver la evolución que puedan hacer sus rivales ahora que se descongelarán los motores, aunque ese parece un riesgo perfectamente asumible para los de Borgo Panigale.

Más cuidado tendrán que tener con dos gallos tan bien armados en el mismo gallinero. Han tardado más de una década en quitarse de encima la maldición de no conseguir un piloto ganador y en 2022 tendrán dos a la vez. Ahora les tocará gestionar la lucha que puedan tener entre ellos mismos. Porque aunque se hayan librado de su particular maldición, nadie les asegura el título el año que viene. Ese, como cada año, habrá que ganarlo en la pista. Aunque ellos mismos sean sus mayores rivales.

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