Nunca fue Bagnaia contra Ducati, ni Ducati contra Bagnaia
Francesco Bagnaia ha tenido una temporada decepcionante, sin paliativos.
Ha sido un año mucho peor por la sensación de desaliento que ha transmitido que por los resultados. Especialmente los resultados de las últimas carreras, que le llevaron a perder la tercera y cuarta posición a manos de Marco Bezzecchi y Pedro Acosta.

De nuevo han sido las expectativas las que han actuado de caja de resonancia, tanto entre la afición como entre la prensa, para transformar una mala temporada en un rotundo fracaso. Quizá se ha percibido de esta forma porque Pecco había ganado dos títulos y luchado otros dos con Fabio Quartaro y Jorge Martín.
Tampoco ha ayudado la gestión mediática de la fábrica, que con sus silencios e inconcreciones ha alimentado la siempre peligrosa ‘zona gris’ de los pseudo-informadores y conspiranóicos. Algo que, personalmente, aborrezco de nuestro deporte y que siempre hago partícipe a la responsabilidad de la audiencia.
Pero volviendo a Bagnaia y su situación con Ducati, que también es la de Ducati con Bagnaia. Siempre es así, tanto cuando va mal como cuando ha ido bien. De la misma forma que unos nuevos neumáticos cambian el comportamiento y el rendimiento de moto y piloto, haciendo que sean o no competitivos, hay modificaciones en la moto que provocan cambios dinámicos en el comportamiento para el piloto porque le transmiten unas nuevas sensaciones que no les permiten pilotar rápido por falta de confianza.
Algunos han señalado a Ducati como parte voluntaria en el mal rendimiento de su piloto. Un piloto al que le pagan mucho dinero y que va con una moto en la que han invertido aún más dinero y la reputación de la marca. Es un argumento que sólo algún estúpido puede defender, por lo que ni siquiera vale la pena considerarlo, vamos a la realidad de lo que esos cambios hechos en la moto han significado para Pecco.

Los tres pilotos que han tenido la GP25, la del año 2025 para no tener que entrar en el número de versión, han comentado lo mismo sobre el tren delantero de sus motos: que era crítico y que el rendimiento general de la moto era inconstante. Es decir, los tres pilotos han afrontado los mismos problemas, pero lo han enfrentado de forma diferente.
Pecco ha sido el único que ha tomado la decisión de mantener su moto sin las actualizaciones, aquellas diseñadas específicamente para esta última versión de la Desmosedici. Tratando de encontrar las sensaciones que tenía en el pasado pero que, mientras no lo conseguía, tiraba de adaptación para estar regularmente en el podio.
Llegó un momento en que el hartazgo del piloto hizo que mirase a su alrededor en busca de soluciones. El problema es que su actitud fue la de hacer pública su frustración, reconociendo la capacidad de su compañero de box para sobreponerse a los déficits técnicos de la moto y, además, exigir a su fábrica unas explicaciones que nunca debió hacer en público.
Debido a las limitaciones de evolución que impone el reglamento, Ducati no ha podido dar al piloto lo que pedía a pesar de algunos espejismos como el que vivieron en Japón. Este episodio, como le sucediera en el pasado a la Suzuki de la era Iannone, hace que cometer un error en la toma de decisiones en el desarrollo de la moto puede comprometer toda una temporada.
La fábrica sabe que no le queda más remedio que esperar para hacer cambios mayores, pero entre tanto cambia partes, componentes menores que puedan mejorar pequeñas cosas; y esa debería ser también la actitud de Bagnaia y de cualquier piloto que afronta una temporada con una moto que no le da exactamente lo que quiere.
La cultura popular es, quizá, la más sabia, y las dos partes del problema se la podría aplicar: «renovarse o morir».
