La intermitencia de la muerte

Le robo el título a José Saramago de uno de sus libros, novela del autor compatriota de Miguel Oliveira que se publicó en 2005. Esta obra es una reflexión sobre el último acto de vida, que no es otro que de dejar de vivir, de terminar, de morir, y para darle el valor que se merece plantea una vida con ausencia de muerte. ¿A dónde nos llevaría eso y, sobre todo, qué tiene que ver con MotoGP? Supongo que es lícito preguntarse cómo un libro de estas características se enlaza con un deporte de élite, de alta competencia física y tecnológica, así que espero poder transmitir correctamente la mezcla de información y opinión que bulle en mi cabeza cuando, a distancia, miro el escenario de la ópera bufa en que algunas fábricas han convertido el mercado de fichajes. Volviendo al libro, y lo que nos deja, tenemos que imaginar qué pasaría si no hubiese un final. Sin nadie cumpliendo con las obligaciones de “La Parca” estaríamos en una situación en que el ser humano seguiría envejeciendo y estropeándose hasta el infinito, permaneciendo en este mundo sin poder aportar nada más que el ocupar un espacio que debiera estar libre. Ahí es donde, precisamente, enlazamos el libro con MotoGP: gran parte de la afición y algunos elementos del paddock quieren apostar por evitar el fin de los días de determinados pilotos. Incluso rescatarlos del ostracismo que les suponemos a los que han decidido poner punto final a su carrera deportiva y pensamos que lo han hecho demasiado pronto. Es cierto que se trata de pilotos especiales, de una dimensión fuera de cualquier medida y con una calidad que está contrastadamente por encima de la media, y por eso nos aferramos a ellos. En los últimos tiempos ha pasado con Max Biaggi, Casey Stoner y, más recientemente con Dani Pedrosa y Jorge Lorenzo. Lorenzo apuntando a Ducati, y Pedrosa abriéndose a wild-cards.

Foto KTM
Cualquier movimiento en pista de alguno de esos nombres suscita más atención que la mayoría de pilotos en activo, o que las promesas de las categorías inferiores. Es el resultado de la condición humana de no querer dejar marchar aquello a lo que queremos o que nos hace felices, sin darnos cuenta de que lo que hay que disfrutar es lo privilegiados que hemos sido. Es también condición humana lo corto de su memoria, lo fácil que olvida. Si algún piloto volviese, como si se descolgásemos un viejo traje del armario que querríamos que nos sentase igual de bien que el primer día, no le aceptaríamos a “El renacido” que no rindiese al nivel que una vez tuvo. Ya los romanos decían “Ad occasum tendimus omnes”, todos tendemos al ocaso. No hay mayor ocaso para un deportista que el cruzar la que debe ser la última frontera en su vida deportiva, esa frontera que representa lo que José Saramago consigue ensalzar a través de su ausencia: el final. Dar muerte a la propia vida deportiva es fruto de una reflexión que no mata el talento, ni la capacidad del hombre, pero sí que deja irreparable la mentalidad y la ambición. @LucioLopezGP

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